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VIRTUAL conciencia crítica y expresión libre de Pátzcuaro y cercanías |
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El insoportable abismo hasta la "otredad".
GABRIELA ENRÍQUEZ
Humberto Eco, en su ensayo “Cuando Entra en Escena el Otro”, nos habla de una de las hambres quizá más crudas. Dice: “Es el otro, en su mirada, lo que nos define y forma. Nosotros no conseguimos ser quienes somos sin la mirada y la respuesta del otro. Incluso el que mata, estupra, roba, atropella, lo hace en momentos excepcionales, pero el resto de su vida se lo pasa mendigando de sus semejantes aprobación, amor, respeto, encomio. Incluso a los que humilla les pide el reconocimiento del miedo y de la sumisión”.
Indudablemente detrás de las palabras de algunos de los que escriben el número cero “del carrujo” –como de algunos otros medios locales- sentimos una emergencia, una necesidad por decir, por hacerse oír, un hambre de otros, de verdaderamente otros que los libren de su pequeña individualidad humana. El hambre de la mirada del otro, del roce, del encuentro, de un dialogo distinto con ese “otrísimo”. Sólo por esto creo que a pesar de que estos esfuerzos a veces resulten fallidos, la mera intención de comunicación abierta, incluso la provocación, es no sólo aplaudible sino encomiable.
En cada una de las palabras de estos que se dicen “unos” en relación a “otros”, se ve claramente un esfuerzo, una intención abierta de lucha por defender el derecho a un pedazo de tierra –o de cielo mejor dicho- que pueda decirse “nuestro”, debajo –o sobre- el cual construir un proyecto de “estar juntos” otro, distinto, que ya no sea el “tuyo” o el “mío”, sino el “nuestro”. Pertenecer, pues.
Difícil, ciertamente. Quizá éste sea uno de los sueños más antiguamente soñados y más desde siempre guajiros. ¿Es posible romper esa díada -hasta hoy infranqueable- que nos condena a ir trágicamente en carriles paralelos?
Difícil, ciertamente tanto para los “unos” como para los “otros”. Habría que aprender a decir como dice el saludo Sufi, “lo que dice mi boca lo dice mi corazón” mientras se posa la mano derecha sobre los labios y en seguida en el pecho. Y esto, sabemos de sobra que no es fácil. Tanto los “unos” como los “otros” tendemos a terminar el saludo haciendo llegar la mano hasta las vísceras y no nos atrevemos a preguntarnos por la última de las causas de lo que sentimos que nos amenaza, y mucho menos nos atrevemos a mirar la última de las consecuencias de lo que decimos y de lo que callamos.
Y justamente aquí creo que el esfuerzo del primer número del “Carrujo” erra. Si la palabra surgiera del terreno del corazón podría verse que el negro y el blanco se difuminan, que no es tan fácil poder separar las sombras de la luz y por lo tanto, que para poder reprochar el silencio, la inercia, la ofensa, la traición, habría –inevitablemente- que agradecer al mismo tiempo la mano abierta, la esperanza devuelta, la humanidad del otro.
Y ver quizá que adentro hay muchos –muchísimos- afuera y que de afuera y de lejos habemos otros tan adentro y tan cerca, profundamente agradecidos con la vida y sobre todo con todos los que no leerán este carrujo- por este pueblo Patzcuarense, por sus brazos abiertos, sus mañanas y su magia
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