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Extrañamente, hablo desde la no-pertenencia, pese a los
más de veinte años de vivir, pervivir, persistir, perseguir, permanecer,
perseverar en Pátzcuaro, lugar destino elegido para crecer y construir,
como proyecto de vida, como proyecto de pareja y de futuro…
Pátzcuaro, y yo misma, cambiamos ese proyecto: naufragó, y los restos
del sueño me permitieron elegir seguir aquí. Sí, habemos personas que
pudiendo escoger entre todo lo que este país tiene de habitable,
dijimos: de aquí soy.
Y esa elección cuesta, y le cuesta, como afrenta, a algun@s
patzcuarenses “legítimos”. Y no lo digo sólo por mí, sino por es@s otr@s
que, finalmente, como semillas traídas por el viento, enraizaron,
enraizamos aquí.
Todo un reto, desde la asumida singularidad, como forma de enfrentar al
mundo. Y ya no importa. He aprendido que en este lugar, se tras-tocan
las vidas de los que “aterrizamos” en él, y nos acoge, e incluso
asfixia, si no nos mantenemos abiertos al mundo (tan grande él, tan
diverso, tan tentador), pero también, si somos malvenidos, nos expulsa.
Infierno, Purgatorio, Paraíso, todos y ninguno, Pátzcuaro es, o parece,
según nuestra experiencia de vida aquí. Ha sido todo eso, en diferentes
momentos de la mía.
Quisiera creer que aprenderemos, “los de aquí” y es@s otr@s, nosotr@s,
simplemente, a construir juntos. A vivir la democracia, como ese único
lugar posible para el consenso, sí, pero también para el diálogo, el
debate, y el respeto irrestricto al disenso. Sin el respeto por los
derechos de las minorías, no hay libertad posible. Sí, habemos y
habitamos y coexistimos en esta pequeña localidad, diferentes y
contradictorios mundos: Uno, largamente asentado en la tradición, las
costumbres, la religión, y anexas. Otro, irreverente, rupturista,
contestatario, si se quiere. No me interesa provocar. Eso, simplemente,
ocurre, pasa, me pasa. Mentiría si dijera “lo siento”. No hay tal.
Riesgo asumido. El malditismo también es forma de habitar, ¡qué le vamos
a hacer! |