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Marihuanadas.
ALMA FUERTES
Siempre que la miras te vuelve a sorprender, es como
constatar que llegaste, que pese a los altibajos, este es el lugar que
elegiste para vivir; la tarde coloreando la torre de San Francisco,
mientras saboreas el café en ese portal que para ti no tiene nombre; si,
ese que es famoso por haber sido el primer buen café en la Plaza Grande
y que quizás siga siendo el primero en maltratos emocionales a sus
clientes.
Y sin embargo sorbes otro poco y miras la extensión de la luz rojiza en
las copas de los árboles de la Plaza, como un telón que cubre un largo y
complejo itinerario, al que no hace justicia la crónica costumbrista o
la épica indigenista. No esa historia donde solo aparecen las familias:
los Arriaga, Iturbide, Pimentel, Mendozas, Leales y demás. Y de repente
caes en cuenta que no hay ninguna familia Bocanegra en la lista
ultralocal de los top ten. ¿Será que no tenía hermanos la señora
Gertrudis o que ese tipo de heroís-mo no es el compatible con el abo-lengo?
Me conformo con saber que Martínez, como Maria Luisa hay muchos más, es
un apellido más democrático, digamos. Y me esperanza que quizás un día
se lea a una estirpe de Pugas, sí, como María Luisa; con esa voz que
nombre la pertenencia elegida de estos, que solo son oriundos del camino
y el viaje. Una voz que module una historia ya nunca más lineal y ajena,
ya no más vencedora, una historia donde caben el café, la torre de San
Francisco y tu mirada.
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