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Para
l@s niñ@s.
Generar en l@s niñ@s el hábito de la lectura es
imprescindible, pero se hace poco al respecto. Lo primero que hace falta
es tener qué leerles y en eso queremos colaborar.
Presentamos de entrada un cuento inédito de María Luisa Puga. La hemos
escogido a ella, en primer lugar por su sencilla y bella escritura, pero
además como un recuerdo de esa amorosa persona que supo comunicarse con
l@s niñ@s de una forma muy poco común en los adultos.
Primera anual
Ay, Emilio, tu velero zozobró. Se enamoró del huracán y se fue con sus
velas enhiestas, tan pequeñito y tan determinado. Deja te cuento:
Salía yo de Plaza Bahía con el velero llamado AVENTADO (traía gra-bado
el nombre en ambos lados de la proa). Su mascarón era una bellísima
sirena que apenas si asomaba la cabeza en el agua. Supe que era una
sirena por su sonrisa: ¡Mares, vengan a mí!
Isaac estaba en el tercer piso del estacionamiento. Yo te espero, me
dijo cuando bajé a buscar el velero. En eso se desató la lluvia. Me mojé
sólo un poquito. Del estacionamiento a la entrada de Plaza Bahía es
menos de una cuadra. Caminé por los corredores hasta encontrar la
tienda. Marina, se llama. Entré, lo vi y dije: ése. Quiero ese. Me lo
pusieron en una bolsa de plástico.
Cuando salí ¡La costera era un río caudaloso! Pegándome a la pared,
asiéndome de lo que podía, coches, postes, medidores, pensé que llegaría
a la entrada del estacionamiento. Ahora sí estaba empapada. Avanzaba con
dificultad, la lluvia parecía querer golpearme a mí, sólo a mí, cuando
de pronto, un jalón de la bolsa me detuvo en seco (empapada como estaba.
Valga la imagen). ¡El velero estaba soltando amarras!
Alcancé a ver la cara de la sirena. Su sonrisa era triunfal. Muy sirena.
AVENTADO se echó al agua, ¡al río de la costera, rumbo a caleta! Lo vi
flotar, flotar bonito, con elegancia. Sabía de las fuerzas del viento.
Sus velas no lo combatían, lo cortejaban. Iba feliz.
Pero me di cuenta de que no sabía hacia dónde iba. Ella,
la sirena, sí.
Sin titubeos me eché al agua. La corriente me impulsaba,
pero yo creía que mis vigorosas brazadas acortaban la distancia entre el
velero y yo, solo que AVENTADO era más veloz que yo, perseguía quién
sabe qué sueño. Tan gallardo, tan seguro.
Llorando, me abracé al poste en la esquina que sube a la
Quebrada.
Trepé hasta lo más alto. Lo vi irse, irse tan contento.
Cuando la quilla se hundió ya sabía que la sonrisa de ella, la sirena
del mascarón, estaría derramando gotas de placer.
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