EL CARRUJO (libelo) VIRTUAL

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Mayo de 2005
Año 1 número 0

 

Para l@s niñ@s.

 

Generar en l@s niñ@s el hábito de la lectura es imprescindible, pero se hace poco al respecto. Lo primero que hace falta es tener qué leerles y en eso queremos colaborar.

 
Presentamos de entrada un cuento inédito de María Luisa Puga. La hemos escogido a ella, en primer lugar por su sencilla y bella escritura, pero además como un recuerdo de esa amorosa persona que supo comunicarse con l@s niñ@s de una forma muy poco común en los adultos.

Primera anual

Ay, Emilio, tu velero zozobró. Se enamoró del huracán y se fue con sus velas enhiestas, tan pequeñito y tan determinado. Deja te cuento:


Salía yo de Plaza Bahía con el velero llamado AVENTADO (traía gra-bado el nombre en ambos lados de la proa). Su mascarón era una bellísima sirena que apenas si asomaba la cabeza en el agua. Supe que era una sirena por su sonrisa: ¡Mares, vengan a mí!


Isaac estaba en el tercer piso del estacionamiento. Yo te espero, me dijo cuando bajé a buscar el velero. En eso se desató la lluvia. Me mojé sólo un poquito. Del estacionamiento a la entrada de Plaza Bahía es menos de una cuadra. Caminé por los corredores hasta encontrar la tienda. Marina, se llama. Entré, lo vi y dije: ése. Quiero ese. Me lo pusieron en una bolsa de plástico.


Cuando salí ¡La costera era un río caudaloso! Pegándome a la pared, asiéndome de lo que podía, coches, postes, medidores, pensé que llegaría a la entrada del estacionamiento. Ahora sí estaba empapada. Avanzaba con dificultad, la lluvia parecía querer golpearme a mí, sólo a mí, cuando de pronto, un jalón de la bolsa me detuvo en seco (empapada como estaba. Valga la imagen). ¡El velero estaba soltando amarras!


Alcancé a ver la cara de la sirena. Su sonrisa era triunfal. Muy sirena. AVENTADO se echó al agua, ¡al río de la costera, rumbo a caleta! Lo vi flotar, flotar bonito, con elegancia. Sabía de las fuerzas del viento. Sus velas no lo combatían, lo cortejaban. Iba feliz.

 

Pero me di cuenta de que no sabía hacia dónde iba. Ella, la sirena, sí.

 

Sin titubeos me eché al agua. La corriente me impulsaba, pero yo creía que mis vigorosas brazadas acortaban la distancia entre el velero y yo, solo que AVENTADO era más veloz que yo, perseguía quién sabe qué sueño. Tan gallardo, tan seguro.

 

Llorando, me abracé al poste en la esquina que sube a la Quebrada.

 

Trepé hasta lo más alto. Lo vi irse, irse tan contento. Cuando la quilla se hundió ya sabía que la sonrisa de ella, la sirena del mascarón, estaría derramando gotas de placer.

 

 

 

 

REDACCIÓN

 

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