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La vida esta llena de reencuentros y sorpresas. Después
de un tiempo lejos de este retiro espiritual, que es Pátzcuaro, es
sumamente grato reencontrarme con un lugar donde personas amigas,
diversas todas, con diferentes voces, opiniones, se permiten dialogar,
coincidir y hacer de la palabra la más amena y auténtica expresión a
través de El Carrujo. Llegué tarde al proyecto, pero me toco un espacio.
Siempre hay espacio para quien lo desee. Esa es mi experiencia en los
diferentes intentos de quienes hemos creído que se puede hacer, crecer,
crear en este lugar proyectos culturales. Aunque muchas veces hemos
fracasado, insistimos, persistimos y sobre-vivimos. Quizás porque, en el
fon-do, simplemente deseamos que el entorno y la vida sea más vivible,
más amable, más agradable. Tal vez porque necesitamos encontrar el
sentido de nuestra existencia en un lugar que aprendimos a querer. Y uno
de los medios es la palabra. Sí, palabras que nos desafían, que nos
hacen reír, que incomodan, que nos identifican, que nos diferencian.
Todas ellas, representan una de las más bellas apropiaciones para
expresar lo que sentimos y nos provoca este loco mundo.
Pareciera en este reencuentro que muchas cosas siguen igual, la Plaza
Grande y Tata Vasco permanecen inmutables, observando las estaciones,
guardando los rumores de sus transeúntes. Ciertas morales y conciencias
siguen sintiéndose agraviadas por quienes desean crear y transformar.
Pero también hay cosas diferentes, la gente se permite reinventarse y
sigue creyendo que podemos tener autoría en esta historia. Porque sí,
porque vale la pena y por necedad.
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