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Mayo de 2005
Año 1 número 0

 

Viniendo a morir.

 

VIOLETTA MONCADA

 

Algo, mucho o casi casi nada, no siempre se cruzan todas las miradas…
                                                                                Pedro Guerra

 

 

Tengo dos motivos para reiterar mi agradecimiento por la invitación a colaborar en este espacio, el primero porque escribir es una pasión que poco frecuento, segundo porque decir lo que siento mediante la palabra, mi palabra, es la única manera “ca-rruja” de exorcizar mis demonios, a los que suelto de vez en vez, para darme cuenta que corro el riesgo de ser humana.


Comenzaré diciendo que mi mala educación se debe a la poca fe que tengo en las instituciones, y mi mal carácter tiene sus raíces en la inconformidad de los conformes; la rabia que tenía cuando llegué a este Pátzcuaro me permitió mirar-me y sentirme cada vez más a gusto con lo que hago, más no con lo que pasa… a este pueblo se viene a morir, o mejor aún, yo lo elegí para ello.


El mecanismo funciona de esta manera: elegí un refugio, como diría Rosario Castellanos, “tan efímero como precario”, consideré que este pueblo me daría esa posibilidad, una paz de los “santos difuntos”; esa que da espacio para dar de una vez y por terminadas viejas creencias, asuntos atrasados, deudas pendientes, amo-res furtivos, amores perros, amores profundos, prejuicios ancestrales, jodas laborales. Bien, pues ni lo uno ni lo otro, sin embargo le agradezco profundamente a Pátzcuaro, que a cambio, me da la posibilidad de mirar otro tipo de muertos y cómo mueren los otros; cómo se revuelcan en una eterna agonía de discursos dislocados, bajo la cruz de la demagogia, enterrados en eso que dijeron ser, empolvados por el tiempo re-presentan su papel en medio de un desierto árido de ideas, con un escudo de ideales poco o nada probables; la palabra “esperanza” cobra para ellos una connotación extraña, sutilmente irónica: aferrarse a lo poco de vida que les queda, tal vez si la soltaran...

 

No, no me alegro ni me entristezco por ellos, simplemente me enfurece pensar que mi muerte pueda acabar así disimuladamente, tal vez en algún momento estos "muertos vivientes" llegaron con la misma sensación de necesidad que la mía, dar por muerto lo viejo para dar paso a lo firme, al deseo, al placer, a la vida en serio, es entonces cuando rabiosa, con ojos de fuego y lengua voraz, hago lo posible por recordar a qué vine, cuando trato de hacer patente la diferencia, me siento como el demonio al que le pisan la cola, ¡Ay de mi muerte!, ¡Ay de mi vida!

 

Nadie se salva. Soy parte de esa muerte que va lenta, tranquila, serena, quietita, al fin y al cabo, esa muerte simbólica sin susto alguno.

 

¿A poco no eres más feliz aquí? Me dicen y aún no hallo qué responder...

 

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